03 octubre, 2008

Sobre la inseguridad y las reacciones barbáricas del miedo.

Hace tiempo que vengo rumiando este post, y es que las percepciones generales que escucho, tanto en la radio como en las aulas me preocupa. Creo que es apropiado publicarlo cuando estamos recordando el 2 de Octubre, tal vez la historia pueda transmitir ese mensaje que vocifera incesante pero nadie se molesta en escuchar. Cuando uno se ve rodeado por un clima de inseguridad, que somos asediados por el temor a los crímenes terribles que suceden en esta coyuntura de nuestro país, y de las atrocidades que son capaces ciertos individuos en contra de inocentes, es comprensible que pensemos en una solución tan terminante y contundente como la pena de muerte, la suspensión de garantías individuales, el uso de tortura contra criminales.


El problema es este: de nada sirve endurecer las penas cuando tenemos los índices de impunidad que imperan en el sistema judicial mexicano. Las confesiones obtenidas por tortura son una aberración que finalmente no ayuda, sino empeora la situación de inseguridad e impunidad de los responsables. La justicia es para quien puede pagarla. Imponiendo penas de muerte no sólo no disminuiría el crimen organizado (precisamente porque no temen ser atrapados ni condenados), sino que acarrea lo siguiente:


1. Desprestigio internacional por la violación a múltiples tratados internacionales en materia de Derechos Humanos, entre ellos el PIDCP y la CADH.

2. Se puede volver una herramienta más para los grupos corruptos en el poder, pues si quieren deshacerse de alguien, todo es tan sencillo como plantar evidencia y pagar algunas mordidas.

3. Los narcos importantes no sufrirían la pena, aún siendo condenados, pues entre amparos y apelaciones el proceso se alarga, cuesta dinero, y jurídicamente el Gobierno tiene las de perder.


¿Cómo, entonces, se frena esto? Hemos de atender a las bases. Es fútil capturar o matar a 15 Zetas si al día siguiente se enrolaron 30. Y recordemos que de los capturados, no es seguro que se les condene. Primero tenemos que concentrarnos en la impunidad, en la corrupción. Los mayores criminales no son el sicario ni el secuestrador, sino los criminales de cuello blanco sentados en oficinas burocráticas o de elección popular, pues ellos toleran y se prestan para el crimen, es más fácil y da más dinero. ¿Cuántos altos mandos del gobierno han sido encarcelados por corrupción o abuso de poder? Ahí tenemos a Ulises Ruíz, a Mario Marín, a Emilio González, a Luis Armando Reynoso. Todos esos gobernadores fueron públicamente exhibidos por represión, tráfico de menores, colusión con la Iglesia y gobiernos extranjeros, tratos con narcotraficantes y consumo de estupefacientes... ¿y a ellos quién los toca? De nuevo las tres palabras que sirven para justificar todo atropello: "razón de Estado". Como si la estabilidad del Estado estuviese por encima de su obligación de servicio a la sociedad, y su necesidad de legitimidad.


No. La pena capital, la tortura, la militarización de las urbes, todo ello es una barbarie, es propia de una sociedad y un gobierno imberbes. El rumbo a un sistema fuerte y eficiente nunca va a tener salidas fáciles, es algo que se construye y se fortifica, pero haciendo bien las cosas, no quebrantando los principios fundamentales con la mentalidad de que “el fin justifica los medios”, pues ya vimos que los medios determinan en qué se convierte ese fin. Aprendamos las lecciones de los muertos.