Como parte del fenómeno de la globalización, las identidades ciudadanas comienzan a trascender las fronteras nacionales. A uno lo puede tomar esto por sorpresa, ya que históricamente hemos relacionado el término “ciudadanía” directamente con el Estado que nos la “otorga”. Es necesario descomponer en sus elementos esenciales este constructo, analizar lo que implica y el objetivo que tiene, ergo nos percataremos de que el civismo es a priori al Estado como tal. En las palabras Juan Manuel Ramírez Sáiz,“la recuperación de la ciudadanía local y, al mismo tiempo, la emergencia de la global”.Comencemos recordando los elementos básicos que componen la Ciudadanía, el vínculo entre el individuo y la comunidad política. Jean-Jaques Rousseau nos ayudó a comprender esta relación con su ensayo “el Contrato Social”, precisamente donde se enarbolan los valores de este pacto de caballeros, donde se forma una comunidad con derechos y obligaciones expresos. El objetivo primigenio de esta alianza social es un “orden político deseado”, la renuncia de una porción del poder y libertades individuales, para crear una autoridad legítima y legal. Este concepto tiene su origen en el mundo occidental, y fue trabajado y enriquecido a lo largo de siglos, sobreviviendo todas las mutaciones del Estado, e incluso cuando amenazada, la ciudadanía nunca desapareció. ¿Cómo entender un concepto tan permanente y tan cambiante?
Tenemos tres ejes de la Ciudadanía: jurídico-político, socio-cultural e institucional, todos igualmente reales y necesarios. El jurídico-político constituye el reconocimiento por parte de la autoridad hacia los derechos y obligaciones, es el cimiento expreso de este y todos los contratos. El andamiaje jurídico ayuda a la institucionalización de nuestro pacto, pues así las autoridades y la ciudadanía conocen los pasos de este baile. Las instituciones, a las que hemos encargado nuestra seguridad y nuestro viaje hacia ese orden político deseado, deben atenerse al orden jurídico y mantenerlo a la vanguardia de nuestras realidades socio-culturales, pues la descontextualización lleva al fracaso o incumplimiento de nuestro pacto. En otras palabras, si las instituciones y las leyes no corresponden a lo que ES la sociedad en este momento, entonces no están cumpliendo la labor que les dio origen. La sociedad NECESITA de los dos primeros ejes para existir, sin ellos no hay ciudadanía y no hay pacto, sólo el estado natural del salvajismo.
El ser ciudadanos nos asegura diferentes estadios de derechos dentro el gran acuerdo en el que se forma nuestra relación con Leviatán, el monstruo benigno que citara Hobbes para nombrar su célebre obra sobre el Estado. En primer lugar tenemos los derechos civiles, todo aquello relacionado con el acceso igualitario de lo comprendido en las leyes, libertad de ser, decir y creer. En segundo, la dimensión política, nuestro derecho de participar en el ejercicio del poder. La tercera es la dimensión social, el derecho a la seguridad en términos de vivienda, salud y educación. El estadio económico, que implica las reglas del juego en el ejercicio mercantil y laboral. Finalmente la cultural, el saber que nuestra heterogénea composición como sociedad implica nuestro derecho y deber de aceptar y ser aceptados por encima de prejuicios y concepciones elitistas.
Hemos construido nuestras instituciones a lo largo de los siglos, redefiniendo y fortaleciendo nuestros derechos, así como las obligaciones del Estado ante ello. La sociedad se reconoce como el origen del poder y de la autoridad, pues si las instituciones no tienen quien las legitime, su supuesta autoridad es vacua y nula. Es la transición de la “razón de Estado” hacia los “derechos humanos”. Largo camino. Aún no estamos seguros de cómo se supone que nos agrupemos, quién ha de tener la última palabra, qué tanto poder tiene el Estado sobre la sociedad si ésta no está de acuerdo. Me parece que esto es porque nunca va a estar terminada, necesitamos seguir construyendo y perfeccionando.
Nuestro problema es que la sociedad se fue quedando dormida, hasta olvidar su inalienable derecho al reclamo y reivindicación. Ahora que despierta del letargo, observa cómo el halcón a quien confió su cuidado se deformó en un voraz buitre que le rapiña las entrañas y le explota a voluntad. La sociedad de nuestro país está hastiada, lo vimos el sábado y muchas otras veces, expresiones de hartazgo contra una autoridad obsoleta, arbitraria, ineficiente y pusilánime.
Hoy caminamos sobre una aldea global, donde las fronteras se retiran, y las naciones son chiquitas, pequeñas, diminutas. La globalización 3.0 de Thomas Friedman nos lo dice claramente, “the World is Flat”. Bienvenidos al nuevo mundo, plano y universal. Las fronteras representan limitantes y membresías de privilegios, coartando las facultades ciudadanas de buscar oportunidad y felicidad en donde existe. Por eso es imposible decir que existen los “migrantes ilegales”. Por eso es importante emprender nuestro camino hacia la ciudadanía “terrícola”.


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